El silbato encantado
Alexandre Dumas, padre
Había una vez un rey rico y poderoso que tenía una hija de belleza notable.
Cuando ésta
llegó a la edad de casarse, se ordenó mediante un edicto proclamado a son de trompa y pegado en
todas las paredes, que quienes tuvieran intenciones de desposarla se reuniesen en una vasta pradera....
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El silbato encantado Alexandre Dumas, padre Había una vez un rey rico y poderoso que tenía una hija de belleza notable. Cuando ésta llegó a la edad de casarse, se ordenó mediante un edicto proclamado a son de trompa y pegado en todas las paredes, que quienes tuvieran intenciones de desposarla se reuniesen en una vasta pradera. Allí la princesa arrojaría al aire una manzana de oro, y quien lograra apoderarse de ella no tendría más que resolver tres problemas, tras lo cual se convertiría en esposo de la princesa y, por consiguiente, en el heredero del trono, puesto que el rey no tenía hijos. El día fijado se celebró la reunión; la princesa arrojó la manzana al aire, pero los tres primeros que la cogieron no habían hecho sino la tarea más fácil, y ninguno de los tres trató siquiera de emprender lo que quedaba por hacer. Finalmente, la manzana lanzada por cuarta vez por la princesa cayó en manos de un joven pastor, que era el más hermoso pero también el más pobre de todos los pretendie
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Felicidad clandestina
[Cuento.
Texto completo]
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento.
Tenía
un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas.
Como si no fuese
suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa....
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Felicidad clandestina [Cuento. Texto completo] Clarice Lispector Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería. No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos". Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éra
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Pub. il Giugno 3rd 2013
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La sima
Pío Baroja
El paraje era severo, de adusta severidad.
En el término del horizonte, bajo el cielo
inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena
de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por
ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas...
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La sima Pío Baroja El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve. El pastor y su nieto apacentaban su rebaño de cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja. El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia. El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba s
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Pub. il Maggio 23rd 2013
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Tertulia literaria: Mitos Griegos
“Apolo y Dafne” o la historia del primer amor
Cip Gasteiz 25 de Abril de 2013
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CUENTO: VERDE Y SIN PAULA
AUTOR: Mario Benedetti (Tacuarembó, Uruguay, 14 de septiembre del 1920)
LIBRO: GEOGRAFIAS Reúne catorce relatos y otros tantos poemas escritos por Benedetti durante su exilio en
España.
(1984)
Cuando se incorpora en la arena, dobla cuidadosamente la toalla, respira con
fruición, camina hasta la orilla y...
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CUENTO: VERDE Y SIN PAULA AUTOR: Mario Benedetti (Tacuarembó, Uruguay, 14 de septiembre del 1920) LIBRO: GEOGRAFIAS Reúne catorce relatos y otros tantos poemas escritos por Benedetti durante su exilio en España. (1984) Cuando se incorpora en la arena, dobla cuidadosamente la toalla, respira con fruición, camina hasta la orilla y se introduce lentamente en el mar, siente que no ha dejado nada a la improvisación. Allá arriba, sobre la almohada, en la habitación 512 del Hotel Cóndor, está el sobre con las cinco palabras en rojo: Para entregar a Paula Acosta. Lo recogerá la mucama cuando llegue, como siempre, a las doce. Le ha costado tres meses la decisión, pero a esta altura es irreversible. Francamente, ya no se soporta, hay que concluir. No tiene por qué apurarse, sin embargo. Cuando el agua le enfría los tobillos, sabe que ha comenzado el último capítulo. Uno de los primeros se remonta a otra playa, Atlántico por medio, con su madre y el padrastro, Víctor, caminando enlazados
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Pub. il Maggio 3rd 2013
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Embargo
José Saramago
Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la
superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que
entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada.
Pensó que
su mujer se había olvidado de correr las cortinas al...
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Embargo José Saramago Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada. Pensó que su mujer se había olvidado de correr las cortinas al acostarse y se enfadó: si no consiguiese volver a dormirse ya, acabaría por tener un día fastidiado. Le faltó sin embargo el ánimo para levantarse, para cubrir la ventana: prefirió cubrirse la cara con la sábana y volverse hacia la mujer que dormía, refugiarse en su calor y en el olor de su pelo suelto. Estuvo todavía unos minutos esperando, inquieto, temiendo el insomnio matinal. Pero después le vino la idea del capullo tibio que era la cama y la presencia laberíntica del cuerpo al que se aproximaba y, casi deslizándose en un círculo lento de imágenes sensuales, volvió a caer en el sueño. El ojo ceniciento del cristal se fue azulando poco a poco, mirando fijamen
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Arrepentimiento
Guy de Maupassant
I
El señor Saval acaba de levantarse.
Llueve.
Es un triste día de otoño; las hojas
caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y
más lenta.
El señor Saval no está satisfecho.
Va de la chimenea a la ventana y
de la ventana a la chimenea.
La vida tiene días...
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Arrepentimiento Guy de Maupassant I El señor Saval acaba de levantarse. Llueve. Es un triste día de otoño; las hojas caen lentamente con la lluvia, formando también una lluvia más apretada y más lenta. El señor Saval no está satisfecho. Va de la chimenea a la ventana y de la ventana a la chimenea. La vida tiene días tristes, y para el señor Saval en adelante solo tendrá días tristes, porque ha cumplido sesenta y dos años. Está solo, soltero, sin familia, sin nadie que se interese por él. ¡Es muy triste morir aislado sin dejar un afecto profundo! Piensa en su vida sin encantos y sin atractivos. Y recuerda en el pasado, en su niñez lejana, la casa paterna, el colegio, las vacaciones, la universidad. Luego, la muerte de su padre. Vive con su madre; viven los dos, el joven y la vieja, tranquilamente, sin desear nada. Pero la madre muere también. ¡Qué triste vida! Y el hijo queda solo. Envejece y morirá cualquier día. Desapareciendo él, todo habrá terminado; todo, ni rastro de
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Pub. il Apr 24th 2013
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Informe para una Academia
por FRANZ KAFKA (*)
Traducción: Jordi Rottner
Excelentísimos señores académicos:
Me hacéis el honor de presentar a la Academia un
informe sobre mi anterior vida de mono.
Lamento no
poder complaceros; hace ya cinco años que he
abandonado la vida simiesca.
Este corto tiempo
cronológico es muy largo...
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1 Informe para una Academia por FRANZ KAFKA (*) Traducción: Jordi Rottner Excelentísimos señores académicos: Me hacéis el honor de presentar a la Academia un informe sobre mi anterior vida de mono. Lamento no poder complaceros; hace ya cinco años que he abandonado la vida simiesca. Este corto tiempo cronológico es muy largo cuando se lo ha atravesado galopando -a veces junto a gente importante- entre aplausos, consejos y música de orquesta; pero en realidad solo, pues toda esta farsa quedaba -para guardar las apariencias- del otro lado de la barrera. Si me hubiera aferrado obstinadamente a mis orígenes, a mis evocaciones de juventud, me hubiera sido imposible cumplir lo que he cumplido. La norma suprema que me impuse consistió justamente en negarme a mí mismo toda terquedad. Yo, mono libre, acepté ese yugo; pero de esta manera los recuerdos se fueron borrando cada vez más. Si bien, de haberlo permitido los hombres, yo hubiera podido retornar libremente, al principio, por la puert
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Pub. il Apr 24th 2013
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EL PRÍNCIPE FELIZ
Oscar Wilde
En la parte más alta de la ciudad, sobre una gran columna, se alzaba la
estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino.
Tenía, a guisa de ojos, dos
centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan...
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EL PRÍNCIPE FELIZ Oscar Wilde En la parte más alta de la ciudad, sobre una gran columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada. Por todo lo cual era muy admirada. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte- . Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico, cosa que, en realidad, no era. -¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. -Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa. -Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos
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Pub. il Apr 22nd 2013
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La rama seca (1961)
Ana María Matute
1
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo.
Era por el tiempo de la siega, con
un calor grande, abrasador, sobre los senderos.
La dejaban en casa, cerrada con llave, y
le decían:
-Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a
doña...
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La rama seca (1961) Ana María Matute 1 Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían: -Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina. Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con "Pipa". Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría el ventanuco tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba. -¿Qué haces, niña? La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate. -Juego con "Pipa" -decía. Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía
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Pub. il Apr 22nd 2013
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Pacto de sangre (Mario Benedetti)
A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio.
Todos me
llaman abuelo.
Incluida mi propia hija.
Cuando uno tiene, como yo,
ochenta y cuatro años, qué más puede pedir.
No pido nada.
Fui y sigo
siendo orgulloso.
Sin embargo, hace ya algunos años que me he
acostumbrado a estar en la...
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Pacto de sangre (Mario Benedetti) A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda. Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, aún puedo darlos. Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio.
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Pub. il Apr 14th 2013
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Sólo vine a hablar por teléfono
Gabriel García Márquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un
coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los
Monegros.
Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había
tenido un cierto...
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Sólo vine a hablar por teléfono Gabriel García Márquez Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos. -No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono. Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan a
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Pub. il Apr 14th 2013
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La ley de la vida
[Cuento.
Texto completo]
Jack London
El viejo Koskoosh escuchaba ávidamente.
Aunque no veía desde hacía mucho
tiempo, aún tenía el oído muy fino, y el más ligero rumor penetraba hasta la
inteligencia, despierta todavía, que se alojaba tras su arrugada frente, pese a
que ya no la aplicara a las cosas del...
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La ley de la vida [Cuento. Texto completo] Jack London El viejo Koskoosh escuchaba ávidamente. Aunque no veía desde hacía mucho tiempo, aún tenía el oído muy fino, y el más ligero rumor penetraba hasta la inteligencia, despierta todavía, que se alojaba tras su arrugada frente, pese a que ya no la aplicara a las cosas del mundo. ¡Ah! Aquélla era Sit-cum-to-ha, que estaba riñendo con voz aguda a los perros mientras les ponía las correas entre puñetazos y puntapiés. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija. En aquel momento estaba demasiado atareada para pensar en su achacoso abuelo, aquel viejo sentado en la nieve, solitario y desvalido. Había que levantar el campamento. El largo camino los esperaba y el breve día moría rápidamente. Ella escuchaba la llamada de la vida y la voz del deber, y no oía la de la muerte. Pero él tenía ya a la muerte muy cerca. Este pensamiento despertó un pánico momentáneo en el anciano. Su mano paralizada vagó temblorosa sobre el pequeño montón de leña
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Pub. il Apr 11th 2013
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Primer Encuentro de Clubes de Lectura y Tertulias Dialógicas Literarias de La Rioja
Logroño, 23 de febrero de 2013
Asociación: La casa de Tomasa
casadetomasa@gmail.
com
1
BERNARDINO (1961)
Ana María Matute Ausejo
Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que
Bernardino era un niño mimado.
Bernardino...
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Primer Encuentro de Clubes de Lectura y Tertulias Dialógicas Literarias de La Rioja Logroño, 23 de febrero de 2013 Asociación: La casa de Tomasa casadetomasa@gmail. com 1 BERNARDINO (1961) Ana María Matute Ausejo Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino era un niño mimado. Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río. La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes bosques comunales. Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río, las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda an
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Pub. il Marzo 22nd 2013
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¿Cuánta tierra necesita un hombre?
León Tolstoi
Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y
honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que
siempre permanecía en la pobreza.
"Ocupados como estamos desde la niñez
trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos...
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¿Cuánta tierra necesita un hombre? León Tolstoi Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra. " Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad. "Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada. " Así que decidió hablar con su esposa. -Otras personas están comprando, y nosotros también debemos compra
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Pub. il Marzo 22nd 2013
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¿Cuánta tierra necesita un hombre?
León Tolstoi
Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y
honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que
siempre permanecía en la pobreza.
"Ocupados como estamos desde la niñez
trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos...
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¿Cuánta tierra necesita un hombre? León Tolstoi Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra. " Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad. "Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada. " Así que decidió hablar con su esposa. -Otras personas están comprando, y nosotros también debemos compra
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Pub. il Feb 5th 2013
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Cuentos populares rusos
La pluma del halcón
Ilustrado por Ivan Bilibin
Había una vez un viejo y una vieja que tenían tres hijas.
Mientras las
dos mayores, ociosas, no pensaban en otra cosa que en engalanarse; la más
pequeña era muy trabajadora, se ocupaba de las tareas de la casa, y poseía tal
belleza que nadie podría...
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Cuentos populares rusos La pluma del halcón Ilustrado por Ivan Bilibin Había una vez un viejo y una vieja que tenían tres hijas. Mientras las dos mayores, ociosas, no pensaban en otra cosa que en engalanarse; la más pequeña era muy trabajadora, se ocupaba de las tareas de la casa, y poseía tal belleza que nadie podría describirlo: ojos de agua marina, piel de porcelana y una trenza rubia que le llegaba hasta los talones. Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria: www. imaginaria. com. ar
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Pub. il Gen 18th 2012
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Cuentos populares rusos
Morozco
Ilustrado por Ivan Bilibin
Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria:
www.
imaginaria.
com.
ar
Se casaron un viudo y una viuda que tenían, cada uno, una hija del
primer matrimonio.
A su hija, la madrastra, siempre estaba diciéndole alabanzas.
A la hijastra no dejaba de...
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Cuentos populares rusos Morozco Ilustrado por Ivan Bilibin Publicado y distribuido en forma gratuita por Imaginaria: www. imaginaria. com. ar Se casaron un viudo y una viuda que tenían, cada uno, una hija del primer matrimonio. A su hija, la madrastra, siempre estaba diciéndole alabanzas. A la hijastra no dejaba de regañarla y castigarla constantemente bajo cualquier pretexto. La hijastra cuidaba de los animales, partía la leña, iba por agua, encendía la estufa y barría la casa antes de que saliera el sol. Pese a ello, a la vieja todo le parecía mal, nada la complacía. Y sin embargo la muchacha era un encanto que seguramente junto a otra persona habría vivido feliz, mientras que al lado de la madrastra no había día en el cual no vertiera amargas lágrimas. El viento, aún después de soplar mucho, acaba aplacándose, pero cuando aquella vieja montaba en cólera, resultaba imposible calmarla; todo era buscar faltas en la joven y darle a la lengua. En fin, un dí
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Pub. il Dic 28th 2011
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