AQUÍ YACE EL WUB
Philip K.
Dick
Faltaba poco para terminar de cargar.
El Optus, de pie, con los brazos cruzados,
fruncía el ceño.
El capitán Franco bajó despacio por la pasarela y sonrió.
—¿Qué ocurre? —le preguntó—.
Te pagan por esto.
El Optus no dijo nada.
Recogió sus túnicas y dio media vuelta.
El capitán...
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AQUÍ YACE EL WUB Philip K. Dick Faltaba poco para terminar de cargar. El Optus, de pie, con los brazos cruzados, fruncía el ceño. El capitán Franco bajó despacio por la pasarela y sonrió. —¿Qué ocurre? —le preguntó—. Te pagan por esto. El Optus no dijo nada. Recogió sus túnicas y dio media vuelta. El capitán pisó el borde de la túnica. —Espera un momento, no te vayas; aún no he terminado. —¿De veras? —El Optus se giró con dignidad—. Vuelvo a la aldea. —Contempló los animales y los pájaros que eran conducidos hacia la nave—. He de organizar nuevas cacerías. Franco encendió un cigarrillo. —¿Por qué no? A vosotros os basta con salir a campo abierto y seguir pistas. Pero cuando estemos a mitad de camino entre Marte y la Tierra. . . El Optus se marchó sin contestar. Franco se reunió con el primer piloto al pie de la pasarela. —¿Cómo va todo? —Consultó el reloj—. Hemos hecho un buen negocio. El piloto le miró con cara de pocos amigos. —¿Cómo explica eso? —¿Qué le pasa?
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EL CONSTRUCTOR
Philip K.
Dick
—¡E.
J.
Elwood! —dijo Liz con tono inquieto—.
No escuchas nada de lo que decimos y,
además, tampoco comes.
¿Qué diablos te sucede? A veces no puedo entenderte.
La respuesta tardó en llegar.
Ernest Elwood continuó con la vista fija en la
semioscuridad que se alzaba tras la ventana, como si...
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EL CONSTRUCTOR Philip K. Dick —¡E. J. Elwood! —dijo Liz con tono inquieto—. No escuchas nada de lo que decimos y, además, tampoco comes. ¿Qué diablos te sucede? A veces no puedo entenderte. La respuesta tardó en llegar. Ernest Elwood continuó con la vista fija en la semioscuridad que se alzaba tras la ventana, como si oyera algo que ellos no oían. Por fin suspiró, se levantó de la silla, como si fuera a decir algo, pero derribó con el codo su taza de café; se giró para sostenerla y luego secó el café que se había derramado por un lado. —Lo siento —murmuró—. ¿Qué decíais? —Come, querido —dijo su esposa. Miró a los niños para comprobar si también habían dejado de comer—. Sabes que me cuesta mucho preparar tus comidas. Bob, el mayor, cortaba en pedacitos el hígado y el bacon, pero, por descontado, el pequeño Toddy había apartado los cubiertos al mismo tiempo que E. J. y contemplaba su plato en silencio. —¿Lo ves? —dijo Liz—. No les das buen ejemplo a los niños. Comed, se v
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DETRÁS DE LA PUERTA
Philip K.
Dick
Aquella noche, mientras cenaban, él lo sacó y lo puso junto al plato de Doris.
Ésta lo
miró y se llevó una mano a la boca.
—Dios mío, ¿qué es esto? —Levantó la vista y le miró con ojos radiantes.
—Bueno, ábrelo.
Doris cortó la cinta y el papel del paquete cuadrado con sus uñas...
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DETRÁS DE LA PUERTA Philip K. Dick Aquella noche, mientras cenaban, él lo sacó y lo puso junto al plato de Doris. Ésta lo miró y se llevó una mano a la boca. —Dios mío, ¿qué es esto? —Levantó la vista y le miró con ojos radiantes. —Bueno, ábrelo. Doris cortó la cinta y el papel del paquete cuadrado con sus uñas afiladas, mientras su pecho se movía agitado. Larry la observó con atención cuando levantó la tapa. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared. —¡Un reloj de cuco! —exclamó Doris—. Un auténtico reloj de cuco antiguo, como el que tenía mi madre. —Dio vueltas sin parar al reloj—. Igual que el de mi madre, cuando Pete aún vivía. —Sus ojos brillaban de lágrimas. —Está fabricado en Alemania —explicó Larry, y al cabo de un momento añadió—: Carl me lo consiguió a precio de mayorista. Conoce a un tipo que trabaja en el negocio de relojería. De lo contrario, no habría podido. . . —Se interrumpió. Doris emitió una risita. —Quiero decir que, de lo contrario, no me lo h
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ESCRITOS TEMPRANOS
Philip K.
Dick
HABÍA UNA VEZ UNA HORMIGA…
(aprox.
1934)
Había una vez una hormiga.
Un día se fue a caminar.
Pronto llegó a una pradera.
Tenía
una milla-hormiga de largo.
Pronto llegó a un borde en el camino.
En medio estaba un
abejorro muerto.
Jaló y jaló.
Y pronto lo llevo a la pradera.
Marchaba...
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ESCRITOS TEMPRANOS Philip K. Dick HABÍA UNA VEZ UNA HORMIGA… (aprox. 1934) Había una vez una hormiga. Un día se fue a caminar. Pronto llegó a una pradera. Tenía una milla-hormiga de largo. Pronto llegó a un borde en el camino. En medio estaba un abejorro muerto. Jaló y jaló. Y pronto lo llevo a la pradera. Marchaba hacia delante tirando de su abejorro por el suelo. Pero vio que era inútil. El pasto era muy grueso. Así que dejo su abejorro y se marchó a casa. Por Philip K. Dick. Calle Macomb 3039. N. W. D. C. —yo maté al abejorro. (La última frase la agregó Dick de manera manuscrita muchos años después)
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EN EL JARDÍN
Philip K.
Dick
—Está afuera —dijo Robert Nye—.
De hecho, siempre está ahí, incluso cuando hace
mal tiempo, cuando llueve.
—Entiendo —asintió su amigo Lindquist.
Ambos abrieron la puerta trasera y salieron al
porche.
El aire era cálido y vivificante.
Se detuvieron e inspiraron profundamente.
Lindquist...
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EN EL JARDÍN Philip K. Dick —Está afuera —dijo Robert Nye—. De hecho, siempre está ahí, incluso cuando hace mal tiempo, cuando llueve. —Entiendo —asintió su amigo Lindquist. Ambos abrieron la puerta trasera y salieron al porche. El aire era cálido y vivificante. Se detuvieron e inspiraron profundamente. Lindquist paseó la mirada a su alrededor—. Es un jardín muy bonito, un auténtico jardín, ¿no es cierto? —meneó la cabeza—. No es difícil comprenderla. ¡Mira todo eso! —Ven —dijo Nye mientras bajaba los escalones hasta el sendero—, seguro que está sentada al otro lado del árbol. Hay un viejo asiento en forma de círculo, como los de antes. Estará en compañía de Sir Francis. —¿Sir Francis? ¿Quién es? —Lindquist le siguió. —Sir Francis es su pato, un pato blanco muy grande —se internaron en el sendero y pasaron junto a unos macizos de lilas que alzaban sus copas sobre los grandes armazones de madera. Filas de tulipanes en flor crecían a ambos lados. Una enredadera de rosas t
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LOS MARCIANOS LLEGAN EN OLEADAS
Philip K.
Dick
Ted Barnes entró en su casa, sombrío y tembloroso.
Tiró la chaqueta y el periódico
sobre la silla.
—Otra oleada —murmuró—.
¡Una oleada inmensa! Uno se posó sobre el tejado de
Johnson.
Intentaban bajarlo con un palo largo.
Lena tomó la chaqueta y la guardó en el...
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LOS MARCIANOS LLEGAN EN OLEADAS Philip K. Dick Ted Barnes entró en su casa, sombrío y tembloroso. Tiró la chaqueta y el periódico sobre la silla. —Otra oleada —murmuró—. ¡Una oleada inmensa! Uno se posó sobre el tejado de Johnson. Intentaban bajarlo con un palo largo. Lena tomó la chaqueta y la guardó en el armario. —Me alegro que vinieras directamente a casa. —Me dan escalofríos sólo de verlos. —Ted se dejó caer en el sofá, buscando cigarrillos en sus bolsillos—. Te lo juro por Dios. Encendió el cigarrillo y arrojó una nube grisácea a su alrededor. Sus manos empezaban a serenarse. Se secó el sudor del labio superior y aflojó el nudo de la corbata. —¿Qué hay para cenar? —Jamón. Lena se inclinó para darle un beso. —¿Cómo es posible? ¿Alguna oferta? —No. —Lena se encaminó hacia la cocina—. Es el jamón enlatado holandés que tu madre nos dio. He pensado que ya era tiempo de abrir la lata. Ted la vio desaparecer en la cocina, esbelta y atractiva con su delantal de colore
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ADIÓS, VINCENT
Prólogo
La pequeña historia que sigue, deliciosa e inédita, y que finaliza la colección
«The Dark Haired Girl», originalmente escrita como una carta a Linda Levy, me
sorprendió porque nunca la había visto antes, no me había percatado que
estaba ahí escondida entre las copias de la correspondencia de Dick hasta...
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ADIÓS, VINCENT Prólogo La pequeña historia que sigue, deliciosa e inédita, y que finaliza la colección «The Dark Haired Girl», originalmente escrita como una carta a Linda Levy, me sorprendió porque nunca la había visto antes, no me había percatado que estaba ahí escondida entre las copias de la correspondencia de Dick hasta que comencé a compilar este libro. El título es mío. La copia al carbón de la historia en los archivos de Dick comienza «Querida Linda» y finaliza «Con amor», aparte de ello el texto es exactamente como aparece aquí. No hay fecha, pero indudablemente fue escrita en mayo de 1972. La canción «Vincent» fue escrita por Don McLean; fue un éxito en los Estados Unidos en el verano del 72, está dedicada a Vincent Van Gogh, y es citada por Dick en otra carta a Linda. Paul Williams Glen Ellen, California Julio 1988 El otro día estaba caminando rumbo a la Universidad y un tipo con un Mustang realmente nuevo me dio un aventón. Ninguno de los dos dijo nada durante un buen
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LA MAQUINA PRESERVADORA
Y pensó también que de estas importantes cosas bellas, la que más
rápidamente se olvidaría sería la música.
Ciertamente que la música es lo más perecedero, frágil y delicado; y puede
ser rápidamente destruida.
Labyrinth se preocupaba mucho.
Amaba la música y no podía acostumbrarse
a que un día...
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LA MAQUINA PRESERVADORA Y pensó también que de estas importantes cosas bellas, la que más rápidamente se olvidaría sería la música. Ciertamente que la música es lo más perecedero, frágil y delicado; y puede ser rápidamente destruida. Labyrinth se preocupaba mucho. Amaba la música y no podía acostumbrarse a que un día no existieran Brahms ni Mozart, que no se pudiera disfrutar de la música de cámara, suave y refinada, que hace pensar en las pelucas, en los arcos frotados con resma, en las velas que se derretían en la semioscuridad. El mundo sería seco y lamentable sin la música. Árido e inaguantable. De esta forma comenzó a concebir la idea de la Máquina Preservadora. Una noche, sentado cómodamente en su butaca escuchando el suave sonido de su tocadiscos, se le presentó una extraña visión. Vio, con los ojos de la mente, la última copia de un trío de Schubert, estropeada y casi ilegible, abandonada en un lugar oscuro, probablemente un museo. Un bombardero sobrevolaba. Las bomba
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EL CASO RAUTAVAARA
Philip K.
Dick
Los tres técnicos de la esfera flotante monitorizaban fluctuaciones en los campos
magnéticos interestelares, e hicieron un buen trabajo hasta el momento en que murieron.
Fragmentos de basalto, viajando a velocidad enorme en relación con la esfera,
rompieron la barrera y anularon la provisión de...
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EL CASO RAUTAVAARA Philip K. Dick Los tres técnicos de la esfera flotante monitorizaban fluctuaciones en los campos magnéticos interestelares, e hicieron un buen trabajo hasta el momento en que murieron. Fragmentos de basalto, viajando a velocidad enorme en relación con la esfera, rompieron la barrera y anularon la provisión de aire. Los dos ejemplares masculinos tardaron en reaccionar y no hicieron nada. La joven técnica finlandesa, Agneta Rautavaara, logró ponerse el casco de emergencia, pero los tubos se enredaron; aspiró y murió: una muerte melancólica, estrangulada en su propio vómito. Así terminó la tarea de exploración de la esfera flotante Ex208. Faltaba un mes para que los técnicos fueran relevados y volvieran a la Tierra. Nosotros no podíamos llegar a tiempo para salvar a las tres personas de la Tierra, pero enviamos un robot para ver si alguna de ellas podía ser regenerada. A las personas de la Tierra no les gustamos, pero en este caso la esfera de exploración estaba
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ROOG
—¡Roog! —dijo el perro.
Apoyó las patas en el borde de la cerca y miró en
torno suyo.
El Roog irrumpió corriendo en el patio.
Despuntaba la mañana y el sol aún no había salido.
El aire era gris y frío, y las paredes de la casa
estaban cubiertas de una película de humedad.
Sin
dejar de mirar, el perro entreabrió...
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ROOG —¡Roog! —dijo el perro. Apoyó las patas en el borde de la cerca y miró en torno suyo. El Roog irrumpió corriendo en el patio. Despuntaba la mañana y el sol aún no había salido. El aire era gris y frío, y las paredes de la casa estaban cubiertas de una película de humedad. Sin dejar de mirar, el perro entreabrió las fauces y clavó las garras negras en la madera de la cerca. El Roog se detuvo junto a la puerta abierta del patio. Era pequeño, delgado y blanco, y las patas apenas parecían sostenerlo. El Roog parpadeó, y el perro le enseñó los dientes. —¡Roog! —repitió. El eco repitió el sonido en la silenciosa penumbra matinal. Todo estaba callado y apacible. El perro se puso a cuatro patas y atravesó el patio en dirección a la escalera del porche. Se sentó en el primer peldaño y, miró al Roog. Éste le devolvió la mirada. Luego alargó el cuello hacia la ventana de la casa y la husmeó. El perro cruzó el patio a la carrera. Golpeó la cerca y el portón tembló y crujió ba
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